tanto vivir y solo era una espera

t a n t o v i v i r y s o l o e r a u n a e s p e r a

12 oct. 2017

Ni idea de nada.


Para todos a los que os debo mi catalanofilia, que es una palabra muy fea que significa algo molt macu.


NI IDEA DE NADA, oquei. Ahora bien: con lo patológicamente insensible que soy para este tipo de pasiones (y lo prudentemente ajeno a sus batallas), pienso que esta crisis, y sin apenas darme cuenta, me ha removido un poco las entrañas, que es un modo metafórico de hablar de la tristeza. 

Y no sé exactamente por qué, pero sospecho que una parte de culpa la tiene lo mucho que me gusta lo poquito que he vivido Cataluña (esos lugares a los que uno no va, sino en los que uno es, y está), lo mucho que admiro y quiero a algunos amigos que, Y QUÉ COÑO IMPORTA, son de allí (iba a decir algo así como que los amigos de uno no forman parte de un espacio geopolítico, sino de la propia identidad, de esa constelación de afectos y narraciones que dibujan la propia biografía), la de abrazos y derrotas de las que fueron testigos. 

Y lo de pensar en la cotidianidad de ese desgarro al que, quieran o no, andan expuestos, en ese jaleo de noticias y conversaciones, rifirrafes familiares, esa nube de crispación y cansancio, esa MOVIDA..., y con todo lo cínico que soy para cualquier cosa, ojo... me pone, en algún sitio que no detecto ni sé cómo esquivar... algo tristón. 

"Ya, pero es que nosequé", dirán algunos. Algunos dicen cualquier cosa, pero no voy por ahí, voy a lo de que uno, que aunque ni por asomo sea capaz de confundir personas con lugares, ni le da demasiado crédito al discurso de la distinción y la pertenencia, intuye que ahora al castell de Montjuïc le ha crecido una almena, que el sol que atraviesa los árboles de la Diagonal, esquina Pau Claris, brilla un poquito más despacio, que en la sala Luz de Gas hay algún aplauso dividido. Ese tipo de mierdas. 

Ojalá pase pronto esta deriva y nos encontremos todos en ese verso de Luis García Montero: "vivir es ir doblando las banderas".





9 oct. 2017

Visite nuestro bar.

Debajo de mi casa han abierto un bar, y lo han llamado "El intolerante". Para el rótulo han optado por una tipografía sencilla, en caja alta, con letras negras sobre fondo gris.

A través de las cristaleras vemos que es un local de aspecto normal: una barra, varios taburetes, sillas sin apoyabrazos y mesas con servilletero. El baño, al fondo a la derecha, junto a la máquina de tabaco, debajo de la tele. "El intolerante" es el típico bar.

La clientela es de lo más variada: expertos en política internacional, catedráticos de fútbol, policías de la moral, atalayas vivas de la ética kantiana. La barra es un auténtico jardín de heterodoxia en el que todos han leído el Quijote, conocen al milímetro la Historia de Occidente, dominan la gramática de su lengua mejor que cualquier académico (o incluso todos), y saben a quién votar.

Todo el mundo es siempre bienvenido para vaciar unas jarras de cerveza y despreciar a los demás, para enarbolar banderas excluyentes y blandir el tenedor de postre de la certeza, para acumular motivos para el odio entre aceituna y aceituna. Puede entrar cualquiera, desde el ingenioso progre que solo acepta las ideas afines a las suyas hasta el banderillero rancio que se adhiere a causas que no comprende del todo con la pretensión de no sentirse solo; desde el barbilampiño fachilla de garrafón que habla dando voces porque sospecha que su entorno ha dejado de escucharle hasta el desgreñado modernísimo que necesita escupir las cuatro ideas que ha entendido de la contraportada de un ensayo de Lipovetsky.

Puede uno decir lo que le venga en gana en el bar "El intolerante". Tergiversar las causas, simplificar las razones, opinar sobre todo aquello que no conoce en profundidad, aleccionar al personal, insultar sin motivo, hablar de cualquier cosa como si las ideas te las susurrase Dios al oído, ser condescendiente, inventarse un poquito las cosas, emplear expresiones grandilocuentes y desbordantes como 'democracia', 'estado de derecho', 'legislación', 'corrupción', 'libertad', y, entre tapa y tapa, revelar a los demás la verdad absoluta.

Lo único que no se permite es escuchar a los demás. El diálogo prudente y generoso está muy perseguido.

"El intolerante" está de moda, y todo el mundo está invitado. Visite nuestro bar.